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Mao, Sun Tzu y la estrategia de una reforma
del Servicio Exterior español
Recientemente, el Gobierno español ha nombrado una comisión para la reforma del Servicio Exterior español. Este hecho motiva una reflexión de Roque San Severino, que analiza la ausencia de una clara estrategia al servicio de dicha reforma.
Roque San Severino
Una de las características más ampliamente aceptadas del pensamiento maoísta es la gran influencia que tuvieron en él las enseñanzas de Sun Tzu, adquiridas, a partir de 1918, en el curso de su estancia en la Universidad de Beijing como ayudante de bibliotecario[1]. Sin duda, el planteamiento claramente militar de las reformas políticas, sociales y económicas chinas llevadas a cabo durante el mandato de “El Gran Timonel”
tienen una línea conductora en el pensamiento de Sun Tzu, como queda esbozado en uno de sus primeros escritos titulado “Problemas de Guerra y Estrategia”[2] y ominosamente plasmado en la conocida y terrible frase “En consecuencia, puede decirse que la política es la guerra sin derramamiento de sangre, en tanto que la guerra es la política con derramamiento de sangre” [3]. En este contexto, queda claro que, en el pensamiento de Mao, toda reforma precisa una estrategia, pues, de hecho, es un enfrentamiento con una realidad que no satisface y que se pretende sustituir por otra que se acomoda más a los deseos y principios del grupo promotor de dicha reforma.
El ministro Moratinos
Toda reforma sin estrategia no es sino “un tigre de papel”, por continuar con la iconografía maoísta, en la medida en que no contemple los siguientes elementos básicos:
- Análisis de la realidad.
- Valoración de la misma.
- Establecimiento de objetivos.
- Valoración de medios.
- Diseño de la reforma.
Apartarse de este rigor metodológico no sólo es ineficiente desde el punto de vista de inversión de medios sino, lo que es más grave, no asegura que el resultado final no sea incluso peor que el punto de partida. Es lo que en el mundo sajón se conoce como un “headless chicken”: el pollo sin cabeza que corre incansable, precipitada y descoordinadamente hacia su propia muerte, un acto reflejo sin sentido, un estéril estertor atlético que se anticipa al fin.
Con un número limitado de matices, el planteamiento de la reforma del Servicio Exterior que se ha planteado el Gobierno español tiene, a fecha de hoy, mucho de carrera alocada hacia lo desconocido, pues carece del rigor anteriormente esbozado.
En primer lugar, no se ha realizado un análisis de la situación actual del Servicio Exterior español. Se desconocen sus méritos y sus carencias, sus fortalezas y sus debilidades, sus insuficiencias y sus excesos, sus glorias y sus miserias, sus eficiencias y sus ineficacias. El correcto proceder gestor y la obligada transparencia democrática hubieran exigido un conocimiento preciso y, ante todo, objetivo de esta realidad. Para ello existen, esencialmente, dos posibilidades como son, en primer lugar, la contratación de un consultor especializado o una fórmula menos tecnocrática y más política como es la redacción por un grupo experto del correspondiente “libro blanco”.
Este conocimiento de la realidad es el precursor de la valoración de la misma, esto es, calibrar si se adecua a las exigencias que la sociedad española impone al Servicio Exterior español en términos de atención especializada al público, generación de propuestas en materia de política exterior, capacidad de ejecución y desarrollo de las medidas de política exterior señaladas por el Gobierno, etc.
Esta es una realidad objetiva que precisa ser contrastada con la realidad deseada, el modelo ideal que recoge los objetivos en materia de política exterior que puede y debe tener una sociedad avanzada, económicamente desarrollada, comercialmente abierta, políticamente democrática y con un alto grado de integración con sus vecinos como es la española. Obviamente, estos objetivos no pueden ser objeto de un “diktat” iluminado sino de un debate y consenso entre las principales fuerzas políticas. No hay que confundir este consenso con el tan traído y llevado consenso en materia de política exterior. Son independientes. Aquí se trata de que se establezca un acuerdo sobre la cilindrada del automóvil; luego, cada uno escogerá la marca que más le satisfaga y se acomode a sus necesidades.
El contraste entre la realidad objetiva y la deseada nos dará como resultado la verdadera envergadura y alcance de la reforma deseada. La valoración de la misma, en términos presupuestarios, humanos y políticos, marcará la diferencia entre la reforma deseada y la reforma posible. Por último, esta reforma habrá de tomar forma a través de una serie de medidas legales, instrumentos normativos e iniciativas presupuestarias que han de ser programadas en el calendario político.
Hasta el momento, ninguna de estas tareas se ha realizado, por lo que cabe, inefablemente, concluir, que no existe una verdadera estrategia de reforma del Servicio Exterior sino tan sólo un deseo político: condición necesaria, pero, lamentablemente, no suficiente.
El acuerdo de Consejo de Ministros que crea la Comisión para la Reforma del Servicio Exterior no establece ningún contenido para la tarea que encomienda a dicha Comisión, se limita a establecer artículos de fe sobre las insuficiencias del Servicio Exterior español; artículos de fe que muchos podemos compartir, pero artículos de fe al fin y al cabo. Un fundamento insuficiente para un mandato igualmente insuficiente, doblemente condicionado por la construcción de una estructura administrativa y operativa inadecuada.
Estas palabras y valoraciones no pretenden ser un “dazibao” de denuncia de nada sino una invitación a la reflexión y, si procede, a la mejora de una iniciativa que merece mucho respeto, pero, también, mucha cautela y, sobre todo, voluntad de forjar acuerdos entre las muchas partes de la Administración, del aparato del Estado y de la sociedad española que tienen legítimo interés en el funcionamiento eficiente del Servicio Exterior.
Según cuenta la Chronica Regiae Coloniensis Continuatio prima [4], en 1212, un precoz iluminado francés llamado Stephen de Cloyes consiguió reunir a casi quince mil niños de toda Europa, ninguno mayor de doce años, para marchar a Tierra Santa en lo que ha venido a llamarse la Cruzada de los Niños, pensando que la inocencia conseguiría lo que no logró el acero y que el infiel caería rendido ante la candidez de estos jóvenes defensores del cristianismo. El resultado es fácil de anticipar: el fracaso, materializado, en este caso, en la muerte y la esclavitud. La inocencia no se encuentra entre la virtudes cardinales de Platón; la guerra no se puede luchar sin conocer bien al enemigo ni la reforma se puede emprender sin una estrategia sólida.
[1] Jonathan Spence: “Mao Zedong”; Penguin Lives; Viking Penguin, Nueva York; 1999.
[2] Recogido en “Mao Zedong: Selected Works”; China Books and Periodicals, Beijing, 1987.
[3] Recogido en el “Libro Rojo de Mao”
[4] Traducida por James Brundage: The Crusades: A Documentary History, Marquette University Press, Milwaukee, 1962.