El nuevo equilibrio global: algunas reflexiones en torno a actores, diferencias,  consecuencias y paradojas

Resulta ya un lugar común argumentar el fin del equilibrio global resultante de la Guerra Fría. Sin embargo, tras casi una década de indefinición, parece dibujarse un nuevo equilibrio global con dos protagonistas básicos como son el hegemonismo norteamericano y el terrorismo internacional. Esta novedad conduce las reflexiones de Roque San Severino en torno a la capacidad del actual entramado estratégico y político global para hacer frente a las características diferenciadores de esta nueva realidad mundial.


Roque San Severino

1. Los nuevos actores.

La lectura de las páginas tanto de sucesos en la prensa diaria como de los libros de geopolítica con unos cuantos años de antigüedad conducen, inevitablemente, al manido tópico de que la realidad siempre supera a la ficción. Si el más monstruoso asesino en serie ideado en Hollywood palidece frente a la crueldad de un pederasta belga, las proyecciones de los estudiosos de los equilibrios políticos mundiales de finales de la década de los noventa pueden sonar hoy a fantasía bondadosa y cándida propia de un musical de Shirley Temple. El atentado de 11 de septiembre, conjuntamente con la elección de George W. Bush como presidente de los EE.UU., impusieron un giro radical al panorama estratégico de inicios del siglo XXI. A partir de entonces, el desarrollo estratégico y político mundial ha sufrido un giro completo y drástico, en términos tanto de actores como de prioridades y objetivos.

El mundo previo al 11 de septiembre era, esencialmente, una prolongación tácita e inercial del escenario estratégico de la guerra fría, donde el principal reto era el vacío producido por la “implosión” de la Unión Soviética, en el que el continente euroasiático se convertía en el centro de gravedad geopolítico mundial y que, en consecuencia, era la primera prioridad de la política exterior de la ahora única potencia global, esto es, Estados Unidos.

El sangriento atentado del 11 de septiembre materializa la liberación de dos fuerzas de alcance mundial como son el terrorismo global y el sustancial cambio operado en el planteamiento estratégico norteamericano, inspirado y auspiciado por el pensamiento neoconservador que alcanza el poder con el Presidente George W. Bush y materializado en el pleno ejercicio de su papel como único poder hegemónico mundial. Estas dos fuerzas van a formalizar un nuevo panorama estratégico mundial completamente diferente al anteriormente mencionado de prolongación de la guerra fría.

El término neoconservador puede inducir al error, pues, como señalan los conservadores, los “neocons” poco tienen que ver con el pensamiento conservador americano, basado en el respeto a la tradición que tiene un fuerte componente pacifista y aislacionista. Este grupo de recién llegados al pensamiento conservador, de ahí el prefijo “neo”, básicamente, plantean que los EE.UU. tienen el derecho y el deber de utilizar su poder global sin parangón, haciendo incluso uso de la fuerza, para promover sus valores en todo el mundo [1], como medio para garantizar su propia seguridad. Resta aún por comprobar la verdadera perdurabilidad de las ideas propuestas por este grupo, pero de lo que cabe poca duda es de la enorme influencia que ha ejercido en la política exterior norteamericana, particular aunque no exclusivamente, tras el 11 de septiembre y en la ocupación de Irak. En gran medida, este grupo ha aportado a la política exterior norteamericana la sustancia ideológica que ha permitido el pleno ejercicio de su potencial hegemónico.

El hegemonismo norteamericano, aún titubeante, como veremos más adelante, se fundamenta en la reinvindicación de la legitimidad de la acción unilateral y, simultáneamente, en la desconfianza acerca de la capacidad de las instituciones multilaterales para dar respuesta efectiva a sus necesidades de seguridad [2]. Sin embargo, es fácil comprobar como dicho hegemonismo desborda las fronteras de la seguridad y la defensa para manifestarse también en ámbitos tan distanciados como el convenio de Kyoto. En definitiva, dicho hegemonismo se pone en evidencia a través de la creciente tendencia norteamericana a actuar al margen de las convenciones internacionales vigentes, ya sean estas formales o institucionales[3].

Por otro lado, el terrorismo islamista se confirma, a partir de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y del 11 de marzo en Madrid como una fuerza global, cuya estrategia, objetivos y capacidad operativa demuestran su potencial para afectar y condicionar el orden político y estratégico mundial. Sin embargo, este terrorismo islamista, aunque, en estos momentos el más activo, evidente y peligroso, no es sino una parte de una fuerza más amplia que actúa con violencia y contribuye a conformar el orden mundial de nuestros días. Éste es el terrorismo global: una fuerza multiforme y heterogénea que, aunque de orígenes diversos y objetivos dispares, confluye en actuar sobre uno de los fundamentos de la sociedad moderna como es la seguridad, en gran medida, fundamento básico del concepto de soberanía. En última instancia, el vigente marco político global, cimentado en la acción entre estados, podría verse cuestionado si estos agentes básicos se muestran incapaces de proporcionar a las ciudadanías este bien público básico.

2. Las diferencias con el anterior equilibrio global

Es importante comprender que ninguna de estas dos fuerzas, por sí solas, habrían dado lugar a un giro tan fundamental al panorama geopolítico mundial. Ha sido precisa la conjunción de estas dos fuerzas contrapuestas para que, en un ejercicio clásico de acción-reacción, los límites del planteamiento geoestratégico de la guerra fría y sus postrimerías se viera rápidamente superado y, en última instancia, arrumbado en el armario trastero de la historia del conflicto humano.

 El panorama político global resultante de esta confrontación de fuerzas tiene una serie de peculiaridades que lo hacen único. La más importante de estas peculiaridades es que, por primera vez en la época moderna, esas fuerzas en conflicto no incorporan a estados westfalianos. El nuevo panorama geoestratégico global no está formado por países enfrentados, por regiones geográficas claramente delimitadas por fronteras reconocidas tras las que se agolpan legiones o divisiones acorazadas que responden a cadenas de mando estructuradas que culminan en gobiernos que, a su vez, encarnan las ideas en conflicto. El terrorismo que toma forma a lo largo de la década de los ochenta  tiene la doble peculiaridad de tener una proyección global tanto en su origen como en sus objetivos. No es un grupo nacional específico quien dirige y alimenta las huestes terroristas, a la vez que éstas dirigen su acción, de manera indiscriminada, hacia objetivos de carácter e impacto global. Por primera vez, la acción y la estrategia terrorista desborda  el marco nacional, pues su conflicto tampoco está circunscrito ni limitado por frontera alguna. Por este motivo, a lo largo de este artículo se ha evitado, de manera completamente deliberada el uso del término “internacional”, en la medida en este concepto hace referencia a relaciones entre naciones.

En este sentido, el actual terrorismo internacional tiene un origen y un ámbito claramente premoderno y aquí radica la primera paradoja y característica definitoria del nuevo panorama geopolítico: el enfrentamiento de un poder hegemónico global encarnado en una potencia nacional democrática moderna con una potencia premoderna, dispersa y difusa, descabezada, inarticulada, carente de planteamientos estratégicos estrictos y comunes y cuyos componentes sólo coinciden en una serie de principios generales de origen religioso. El carácter espiritual y, por tanto, escasamente formalizado en términos estratégicos y conceptuales, del sustrato que cohesiona al terrorismo internacional facilita la incorporación de grupos a la lucha armada y le da una dimensión global.

Si la modernidad, en términos geopolíticos y de concepción del Estado, queda inaugurada con la Paz de Westfalia, que da por finalizada la ficción imperial y provoca la aparición de las naciones-estado y la posmodernidad política se caracteriza, precisamente, por la cesión de competencias por parte de estas naciones-estado a favor de instituciones multilaterales [4] la ausencia de una estructura o referencia estatal es propia de una fuerza política premoderna. Este es el caso del terrorismo internacional. Resulta muy importante precisar que esta clasificación del terrorismo internacional como fuerza premoderna, con absoluta independencia del juicio moral que aquel merezca, no pretende tener carácter derogatorio alguno sino, simplemente descriptivo o si se prefiere, taxonómico. Es habitual otorgar al concepto de modernidad una carga positiva de avance humano, de liberación e iluminación intelectual. Por el contrario, en términos coloquiales, lo premoderno confiere una fuerte carga peyorativa de ignorancia y atraso intelectual y material. Ni uno ni otro son los propósitos de estas descripciones de las fuerzas que actualmente encarnan el conflicto global. Se trata de enfatizar que una es una fuerza que surge de un estado, en tanto que la otra carece de cualquier referencia a esta figura de organización política. Resultaría simplista y, en consecuencia, tanto inexacto como intelectualmente fraudulento plantear el actual conflicto mundial como un simple conflicto maniqueo de las fuerzas de la razón contra las de la tradición, la ilustración contra el oscurantismo. El carácter premoderno del terrorismo como fuerza global no está reñido con su actualidad. En él ámbito más restringido y particular del terrorismo islamista, este planteamiento premoderno tampoco es una completa novedad y tiene, a modo de ejemplo y con las debidas matizaciones, un precedente muy claro en el movimiento “Khilafat” desarrollado por la comunidad musulmana del subcontinente indio entre 1919 y 1924 como respuesta al desmantelamiento del Imperio Otomano tras el tratado de Sèvres.

Por otro, el alcance global de la otra fuerza que configura el actual panorama geopolítico, esto es, el cambio en el planteamiento geoestratégico norteamericano, dispuesto, por primera vez, a desarrollar plenamente el papel que le otorga su carácter de único poder hegemónico global,  tiene su origen en un estado-nación westfaliano y, en consecuencia, es una fuerza con claros rasgos de modernidad. Cabría argumentar acerca del origen no westfaliano del estado norteamericano, cimentado, como es el caso de la extinta Unión Soviética en una ideología; sin embargo, lo que es innegable es que, a pesar de su origen, en ambos casos, su comportamiento, históricamente, fue de estados westfalianos. Pero, como se ha apuntado, esta característica tiene un interés más inmediato que el puramente clasificatorio o descriptivo, pues en ella se encierran algunas de las claves de la posible evolución del actual panorama geoestratégico global.


3. Consecuencias del nuevo equilibrio global.

Efectivamente, para intentar entrever dicha evolución es importante observar como una de las dos fuerzas en conflicto, surge de un doble condicionante. El primero de estos condicionantes son las instituciones y el proceso democrático interno propio de los EE.UU. que, con las limitaciones e imperfecciones que se puedan argumentar y que, indudablemente, puedan existir, condicionan la fortaleza y, sobre todo, la coherencia de la opción hegemonista con las prioridades del pueblo norteamericano. En este sentido, cabe destacar la existencia de un cierto consenso político en EE.UU. acerca de su potencial hegemónico y la legitimidad de su uso[5], aunque, ciertamente, exista un importante disputa en torno a su materialización e implicaciones.

El segundo condicionante del pleno ejercicio por parte de EE.UU., del papel de único poder hegemónico mundial es de naturaleza externa. Efectivamente, a pesar de una acumulación sin precedentes de poder económico, político, cultural y militar, esto es, de potencial hegemónico, la realidad es que, por diversos motivos y circunstancias, EE.UU. continúa considerando preciso forjar alianzas plurinacionales en sus iniciativas geoestratégicas. Es el resultado, en gran medida, de un cierto consenso  que parece haberse instalado en el pensamiento político norteamericano y que se materializa en la frase “the US can’t go it alone” [6]. Efectivamente, en el nuevo panorama geopolítico, el multilateralismo institucionalizado que surge tras la segunda Guerra Mundial evoluciona en el planteamiento geoestratégico norteamericano para dar lugar, desde la década de los noventa, a un multilateralismo concertado[7]. Esta evolución pone de manifiesto no tanto una quiebra de la confianza norteamericana en el multilateralismo como en el modelo multilateral existente, que entiende diseñado para un panorama geoestratégico sustancialmente diferente al actual. Así, EE.UU., aún consciente de su capacidad hegemónica, ha creído necesario, de manera sistemática, concertar sus iniciativas geoestratégicas con otras naciones. Este es un hecho irrebatible, pero perfectamente compatible con una posible controversia en torno a la profundidad y alcance de dicha concertación. En ese proceso, ha tenido que negociar y someter sus planteamientos a un debate y a un proceso negociador internacional que, en mayor o menor medida, ha condicionado su manera de actuar. La evidencia de este debate, de este proceso dialéctico entre naciones es, precisamente, la llamada “falla atlántica”, surgida entre EE.UU. y un buen grupo de sus tradicionales aliados de Europa Occidental.

En última instancia, este doble condicionante que opera sobre la capacidad hegemónica norteamericana materializa la exigencia incontrovertible de la legitimidad en el ejercicio de dicho poder hegemónico y que dicha legitimidad sólo puede surgir de un debate democrático interno y de una concertación internacional. Todo poder global que no cumpla este doble condicionante puede ser e, indudablemente, será cuestionado desde su legitimidad.

En este punto, cabría señalar que, hoy en día, el análisis del papel global y hegemonista de EE.UU. resulta comprometido por un hecho muy concreto como es la guerra de Irak. Qué duda cabe que el debate que ha suscitado este conflicto entorno a su justicia, legitimidad y legalidad condiciona el citado análisis; crea mucha “ruido estático” a la hora de enjuiciar y comprender  las acciones exteriores de EE.UU. Así, cabe aclarar que la ocupación de Irak no puede ser calificada como un movimiento estratégico contra el terrorismo. Con sus luces y sus indudables sombras, es evidente que la guerra y ocupación de Irak respondía a motivaciones iniciales y fundamentales bien distintas que la lucha contra el terrorismo y ello con absoluta independencia de que, a posteriori y a la vista de que algunos de los argumentos fundamentales para la ofensiva, caso de la existencia de las armas de destrucción masiva, se comprobaron fallidos, determinados medios intentaran, con mayor o menor éxito, relacionar el régimen de Sadam Hussein con Al Qaeda. En última instancia, es importante “desirakizar” el análisis. No sería ni correcto ni útil juzgar y valorar la opción hegemonista norteamericana, el papel del terrorismo global como segunda fuerza geopolítica ni el panorama estratégico global resultante, exclusivamente, a la luz de los hechos, realidades, motivaciones, objetivos, verdades y mentiras, éxitos y fracasos de la guerra de Irak.

La nueva y distinta naturaleza del actual panorama geoestratégico global tiene profundas implicaciones sobre la capacidad que tiene la sociedad global para dar respuesta a las crisis que se presentan y ello básicamente por tres motivos: 

  1. En primer lugar, el entramado institucional global que hoy existe, centrado en un multilateralismo institucional, a su vez, fundamentado en estados-nación, se muestra inútil para la solución del actual conflicto geopolítico. Este entramado multilateral sólo agrupa a estados; fue concebido y construido para hacer frente a conflictos entre estados; pero, como hemos visto, una de las fuerzas geoestratégicas en conflicto es una etérea conjunción de intereses sin estructura jerárquica definida, territorio ni capacidad de interlocución. En consecuencia, dicho entramado institucional se ha mostrado incapaz, por lo menos hasta el momento presente, de proporcionar a las partes los canales de comunicación, mediación y negociación que pudieran  contribuir a una solución, cuando menos parcial, del conflicto geopolítico global.  La prueba más evidente de esta incapacidad del actual entramado institucional multinacional para servir de cauce para la solución del conflicto estratégico vigente es que una de las partes no participa ni, en principio, puede participar en él al no tener la forma de estado.

  1. En segundo lugar, la vigente estructura de alianzas y dependencias internacionales se ha mostrado particularmente endeble y la capacidad de la comunidad de naciones para dar una respuesta única y homogénea al terrorismo internacional se ha evidenciado como muy limitada. Son diversos los factores que han contribuido a esta incapacidad, pero, evidentemente, entre ellos destaca la falta de unanimidad a la hora de identificar al terrorismo internacional como una fuerza geoestratégica propiamente dicha. Por motivos históricos y culturales perfectamente explicables y comprensibles, todavía hay quien no identifica al terrorismo como una fuerza estratégica global y continúa identificándolo como una instrumento o una manifestación de un conflicto más tradicional, ideológico, político, territorial, étnico o religioso. En consecuencia, parecería lógico pensar que la solución al fenómeno terrorista radica, en última instancia, en la resolución del conflicto subyacente. Así, en la medida en que existen diagnósticos diferentes acerca del alcance del fenómeno terrorista, también parece natural que las respuestas estratégicas sean distintas, debilitando así las alianzas tradicionales forjadas a lo largo de la Guerra Fría y, por tanto, minando la capacidad de la comunidad de naciones para responder al terrorismo global.

  2. En tercer lugar, los instrumentos tradicionales de solución de conflictos, tanto de negociación como de confrontación, han demostrado su ineficacia. La anteriormente mencionada ausencia de canales de comunicación entre las dos fuerzas que conforman el panorama geoestratégico mundial impide el establecimiento de cualquier forma de diálogo, Es más, la distinta naturaleza de ambas fuerzas dificulta, por no decir que imposibilita, el establecimiento de dichos canales de comunicación. Desde el punto de vista de un estado-nación y con independencia de criterios morales y de oportunidad política, resulta materialmente imposible establecer un diálogo con un terrorismo global que carece de estructura, jerarquía, capacidad decisoria ni posibilidad de imponer sobre sus bases cualquier resultado de dicho diálogo.

De igual manera, los mecanismos de resolución de conflictos basados en la confrontación, en el uso de la fuerza han mostrado, sobradamente su ineficacia tanto en Afganistán, como en Irak, como en Chechenia, como en Palestina. El uso de una sofisticada maquinaria bélica se ha mostrado capaz, de manera reiterada, de ocupar terreno y, desgraciadamente, poco más. Tanto la ocupación de Afganistán como de Irak han contribuido muy poco a la seguridad de occidente, como los hechos, trágicamente, han venido a demostrar. Han sido una sobrecogedora demostración de fuerza, pero, desafortunadamente, poco más. El motivo de este fracaso hay que buscarlo en la verdadera naturaleza de la confrontación: se ha intentado hacer frente a una fuerza premoderna mediante estrategias claramente modernas; un estado westfaliano ha intentado solucionar un problema de seguridad ocupando otro estado westfaliano, cuando el origen de dicho problema tiene una naturaleza y alcance completamente distintos.

La conclusión sería que la infraestructura institucional global de hoy es insuficiente para hacer frente, no ya a la amenaza terrorista, sino, de manera más general, a la actual confrontación geoestratégica. En consecuencia, parece previsible que en el próximo futuro asistamos a un proceso de reforma de esta infraestructura institucional dirigida a hacer frente a dicha confrontación geoestratégica, aunque conocer el contenido preciso de la misma resulte difícil, por cuanto depende fundamentalmente de, en primer lugar, la disposición del poder hegemonista norteamericano a continuar consensuando sus iniciativas en el marco del multilateralismo concertado anteriormente mencionado. Por supuesto, como todo proceso negociador, esta disposición dependerá también, en gran medida, de la capacidad de los demás países para acomodarse a lo que el poder hegemonista norteamericano considera sus necesidades en materia de seguridad. A su vez, dicha capacidad dependerá de dos factores como es la percepción por parte de los potenciales aliados de que dicha alianza supone una contribución efectiva a su propia seguridad ante un riesgo percibido de manera, posiblemente, diferente y de la certeza acerca de la persistencia y efectividad de los mecanismos de control democrático interno y externo anteriormente explicados. Sólo en la medida en que EE.UU. sea percibido como un poder hegemónico sujeto a restricciones democráticas tendrá legitimidad y credibilidad y, en consecuencia, capacidad de articular una respuesta multinacional frente al riesgo que supone la otra fuerza geopolítica: el terrorismo global. Lo contrario no sólo dificultará la libre adhesión de las naciones al nuevo esquema multilateral que exige la igualmente nueva situación geoestratégica, sino que, por el contrario, podría dar lugar a intentos de búsqueda de soluciones “particulares” a la amenaza terrorista, procurando ganar inmunidad a cambio de concesiones.

Finalmente, el interés del poder hegemónico por ver limitado su poder de actuación unilateral a través de un planteamiento de multilateralismo concertado radica, precisamente, en intentar evitar estas soluciones “particulares” que amenazan y debilitan su posición geoestratégica. Buscando paralelismos más gráficos que precisos, la estrategia multilateral ha de ser un medio para evitar lo que, en el contexto de la Guerra Fría, se conocía como la “finlandización”, esto es, la neutralidad como garantía de seguridad.

El segundo elemento que condicionará la reforma del entramado institucional multilateral será la flexibilidad de la estructura actualmente existente para adaptarse no a una dinámica de bloques sino a una de sistemas de organización social, de estados-nación contra fuerzas premodernas.

La dialéctica internacional ahora tradicional se ha debatido en los últimos cien años entre el planteamiento realista-hobbesiano de prevalencia de la fuerza y el idealismo kantiano de preeminencia del derecho, en el marco de la anarquía global de Hedley Bull [8]. La nueva forma de conflicto global, a pesar de no ser internacional, exige la articulación de una respuesta que sólo puede ser prestada por naciones, una paradoja que, a su vez, condiciona la validez y alcance de dicha respuesta.



[1] Irving Kristol: “Neo-Conservatism: The Autobiography of an Idea”; The Free Press, Nueva York, 1995.

[2] Max Boot: “The Case for American Empire”; The Weekly Standard, 15 de octubre de 2001. http://www.weeklystandard.com/Content/Public/Articles/000/000/000/318qpvmc.asp

 

[3] Clyde Prestowitz: “Rogue Nation : American Unilateralism and the Failure of Good Intentions”; Basic Books, Nueva York, 2003.

[4] Robert Cooper: “The Postmodern State and the World Order”; Foreign Policy Centre, Londres, junio 2000.

[5] “In brief, America stands supreme in the four decisive domains of global power…It is the combination of all four that makes America the only comprehensive global superpower” Zbigniew Brzezinski: “The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives”; Basic Books, Nueva York, 1997.

[6] Joseph Nye: “The Paradox of American Power: Why the World’s Only Superpower Can’t Go It Alone”; Oxford University Press, Nueva York, 2002.

 

[7] Roque San Severino: “Voces del pasado: algunas hipótesis sobre un posible equilibrio global.”REDRI número 8; mayo 2004. http://www.iberglobal.com/link.asp?destino=http://www.iberglobal.com/archivos/subidos/redri_articulos/rss_equilibrioglobal.pdf

 

[8] Hedley Bull: “The Anarchical Society. A study of order in World Politics”; Macmillan, Londres, 1977.,