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La
Alianza de Civilizaciones
y las tesis de Feuerbach
La reciente intervención del Presidente Rodríguez Zapatero ante la Liga Árabe ha hecho que su propuesta de la Alianza de Civilizaciones vuelva a cobrar protagonismo. En este artículo, Roque San Severino analiza el peligro que conlleva el hecho de que los fundamentos teóricos de esta propuesta de política internacional no hayan sido suficientemente explicitados.
Roque San Severino
Uno de los puntos centrales de la filosofía marxista son las tesis de Feuerbach y la aplicación de las ideas y principios a la práctica revolucionaria. No está de más recordar que este término es una castellanización de la palabra griega praxis, y que denota una acción consciente dotada de un fundamento volitivo. No hay praxis donde no hay voluntad consciente, deseo predeterminado, proyecto, concepto de la obra a realizar. Aristóteles señala en su Metafísica que la contemplación (teoría) es la praxis más elevada que puede realizar el ser humano.
Pero estas palabras de Aristóteles tienen una doble lectura: una simplista y reaccionaria, otra profunda y revolucionaria. Para una, la filosofía reaccionaria, Aristóteles habría querido decir que lo más práctico, es quedarse sentado "contemplando" el mundo. Para la teoría marxista, las palabras de Aristóteles apuntan exactamente hacia la doctrina de Lenin: "No hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria". Por eso, para los marxistas, la primera práctica revolucionaria es la teoría revolucionaria, pues sin ésta "las prácticas revolucionarias" se vuelven estériles. Fundamentar "teóricamente" la revolución es la más elevada praxis revolucionaria.
Una de las propuestas más innovadoras de la reciente política exterior española es la llamada Alianza de Civilizaciones. Aunque oportuna en el contexto de la sociedad internacional de nuestros días, esta iniciativa adolece de dos graves insuficiencias relativas a su articulación práctica y, particularmente, su fundamento teórico. El problema de la Alianza de Civilizaciones como eje alternativo de las modernas relaciones internacionales es que, de hecho, aunque no lo explicite, comparte su base conceptual con su pretendida antítesis: el choque de civilizaciones de Huntington. En ambos casos, es la dialéctica civilizacional el nuevo motor del conflicto humano y, por ende, de la historia.
Es muy difícil valorar las implicaciones que pueda tener el hecho de que dos propuestas, en principio, antitéticas como pretenden ser el choque de civilizaciones y la Alianza de Civilizaciones, compartan un mismo fundamento teórico consistente en considerar a las civilizaciones el moderno motor determinante de las relaciones internacionales. Estas dos maneras de contemplar y valorar la relación dialéctica, la confrontacional -el choque de civilizaciones- y la cooperacional -la Alianza de Civilizaciones- tienen un precedente muy directo en otra teoría dialéctica que explicó y, en cierta medida, alimentó el devenir social durante buena parte de los siglos XIX y XX: el conflicto social, la lucha de clases.
Ciertamente, los ámbitos de ambos conflictos son claramente diferentes, pues en el primer caso es un conflicto de carácter social sin que el factor fronterizo tenga relevancia alguna, en tanto que, en el segundo, el ámbito del conflicto es de alcance internacional; sin embargo, en ambos casos, es la relación dialéctica entre cuerpos actores, esto es, clases sociales o civilizaciones, el factor explicativo de las realidades históricas.
Ante ambas relaciones dialécticas han aparecido dos soluciones como son, por un lado, la confrontacional, donde el juego de intereses de los cuerpos en conflicto genera el avance social, y otra, la cooperacional, donde el juego de intereses compartidos e institucionalmente articulados predomina sobre el conflicto, siendo la cooperación y el pacto los principales factores explicativos de los movimientos sociales.
Así, el marxismo es la solución confrontacional del conflicto de clases, en tanto que el fascismo y sus propuestas corporativas son la solución cooperacional del mismo proceso dialéctico entre clases sociales. De igual manera, las tesis de Huntington de choque de civilizaciones es la solución confrontacional de la relación entre civilizaciones como factores dialécticos, y la Alianza de Civilizaciones puede ser la solución cooperacional de dicha nueva relación dialéctica.
Este es el riesgo de la formulación política sin un fundamento teórico explícito, de la acción política entendida, simplemente, como reacción ante una propuesta que nos repele: compartir sus mismas bases teóricas. Este es el caso del choque de las civilizaciones y la Alianza de Civilizaciones. Así, irónicamente, la propuesta de mayor alcance de la política exterior del Presidente Rodríguez Zapatero sólo tiene sentido práctico si se acepta la teoría de Huntington de las civilizaciones como nuevos actores básicos de las relaciones internacionales, una vez agotada la dialéctica de los bloques ideológicos de la guerra fría.
La solución a la relación dialéctica entre clases sociales ya es conocida: los extremismos de las fórmulas totalitarias el fascismo y el nacionalsocialismo, por un lado, y el socialismo real, por otro. ¿Pero, cuál será la solución al conflicto civilizacional: el dominio o, alternativamente, la erradicación de las civilizaciones como fenómeno social, cultural y político?
Si Huntington ha sido el Walter Lipmann de las relaciones internacionales del mundo postmoderno, donde choque de civilizaciones sustituye a Guerra Fría, la Alianza de Civilizaciones se erige como una especie de “Ostpolitik” formulada desde la animosa buena intención de la retaguardia voluntaria. La diferencia radica en que Willi Brandt representaba la vanguardia activa del compromiso occidental, en tanto que Rodríguez Zapatero, tras un solo año de Gobierno, aún tiene ubicarse unívocamente en el contexto internacional.
Hasta entonces, la Alianza de Civilizaciones sólo será valorada como una anecdótica y voluntariosa reacción denegatoria de uno de los modernos paradigmas de las relaciones internacionales como es el choque de civilizaciones y cuya formulación no hace sino confirmar el carácter dominante de dicho paradigma. Es la consecuencia de, como formularía Lenin, la práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria.